DEL CUARTO, ESE SILENCIO




El cuarto se está llenando de silencios
retumban en las paredes con sabor a olvido
chocan con el armario cansado y viejo
también lleno de recuerdos y suspiros

Sus ecos rompen los cristales sucios
las porcelanas que se tumban ya diezmadas
sobre la superficie lisa de la mesa
en donde pongo a reposar todas las noches
tan solo un par de lagrimas sueltas

Rompen las botellas de vino casi terminadas
beben un sorbo para la nostalgia,
sacan el viento escondido en los rincones,
y en un arranque desmedido de añoranza
se ponen a cantar viejas canciones

Acarician los bucles de Neruda,
suavizan las sonrisas de Mario
dan un paseo con Dikinson por lo alto
y  en un escondido epitafio cantan

Se acerca la hora de cambiar de cuarto
 antes de que descarado,
en sus hombros de recuerdos
con estos silencios acallados parta.

DE LOS PASILLOS, ESE UNIVERSO


Mujer
Tu sombra desmitifica
El tiempo la noche la distancia
Un hondo suspiro de deseo
El insomnio la entrega
Los espacios

Tu cuerpo en cambio
Es más discreto
Y colorea estos pasillos
Tendidos de desconsuelos
Estas paredes
Teñidas de ilusiones
Con su coqueteo al viento

A veces quisiera aprisionarte
Entre los números y letras
Que rondan por los salones
Pero para ese entonces
Ya eres un fantasma de biblioteca.

De las caricias, las puertas de lo inverosímil


Si descubriera en un instante
El misterio profundo de tus ojos
No hallaría en tu mirada
Ese sabor eterno
No encontraría en tus besos
Esa temible forma incorpórea
Ese preámbulo del abrazo
Que conduce inexorablemente a la entrega
Ni estaría preso del encanto
De ir descubriendo lentamente
Los códigos herméticos
Que dejas inscritos en mi piel.

DE LA CIUDAD, ESE SUEÑO

El ruido de los carros
/  Los perros que gritan sin sentido /
Las campanas de la iglesia
A diestra y siniestra
/ Los niños que ladran sin sentido /
Los gritos de la gente
Las aves citadinas que no callan
Las luces fulgurantes
Que hieren a retazos
La oscuridad de la noche.
/ La gente que calla sin sentido /
Esta tarde el silencio es insoportable.

DE LAS SOMBRAS, ESE TRANSPASO


Algo se mueve entre sombras,
Una ráfaga de viento tal ves.
O mejor una ráfaga de cuerpo,
De mujer desnuda que se descuidó
Y dejó su sombra impregnada en la pared,
Un suspiro o un susurro.

No es mi sombra de seguro
Porque la deje encerrada en los recuerdos
Pero algo se mueve en mi pared
Sin embargo y para estar seguros
Quito mi dedo del gatillo
No sea la muerte buscándome
En el barullo de mi refugio. 

DEL ALEPH, ESE MISTERIO


Quiero mostrarte la cábala de mis sueños
El misterio insondable de la efímera presencia
Que se escapa sutilmente entre palabras.

No quiero mirarme al espejo y entender al fin
Los diez mil universos presentes en mi cuarto.

Quiero que mires por la sombra de mis recuerdos
Y encuentres en la biblioteca universal de mi pasado
Una definición en letras libres de mi locura.

Porque desde el génesis hasta el kamasutra,
Porque desde Homero hasta Whitman
Me he convertido en un retazo del tiempo
Encerrado en el entretejido laberinto de una mirada,
De una flor, de un canto, de un poema,
De una sonrisa de una mirada de una entrega.

Quiero que mires por el caleidoscopio que te estoy dando
Para que encuentres el aleph que te tortura

DE UN POEMA DE AUSENCIA

Quiero escribirte un poema
Que tenga sabor a tu piel
Pero mis manos reclaman tus caricias

Quiero escribirte un poema
Que encierre en un verso tu mirada
Pero mis ojos se enceguecen con tu brillo

Quiero escribirte un poema
Que cante tu sonido melodioso
Pero la sinfonía de tu ser
Opaca las notas de mi canto

Quiero escribirte un poema
Que tenga el calor de tu cuerpo
Pero mi alma reclama el tuyo
Mi piel esta marchita sin tus besos

Por eso te he escrito un poema
Que tiene un sabor a ausencia
Porque la distancia es una sombra
Que solo el brillo de tu presencia opaca

DE OTROS POEMAS

LECCION

-Paula, ¿usted sabe qué es es una oveja?
-Sí. La oveja es una nube con paticas.


¿QUÉ ES EL GATO?
El gato
es una gota
de tigre.


¿QUÉ ES EL RÍO ?

El río
es un barco
que se derrritió.


¿QUÉ ES LA GAVIOTA? 

La gaviota
es un barquito de papel
que aprendió a volar.


¿ QUÉ ES LA TRISTEZA?
La tristeza
es un ajedrecista
que siempre juega
con las piezas grises.


¿QUÉ ES EL MAR?

Para el pez volador
el mar es una isla
rodeada de tierra por todas partes.



¿QUÉ ES EL SILENCIO?
El silencio son seis cuerdas sin guitarra.

¿QUÉ FUE PRIMERO?
¿ Qué fue primero,
el huevo o la gallina?
Primero fue el pollito.



¿PORQUÉ LAS JIRAFAS TIENEN EL CUELLO TAN LARGO?
Las jirafas tienen el cuello tan largo
porque necesitan mordisquear las altas hojas de los árboles
para tener la ilusión de que se alimentan de ventanas.



LECCIÓN DE MUSICA

Do,
re,
mi,
fa,
sol,
la,
si.
Si?
Sí,
mi
sol;
sí.





JAIRO ANIBAL NIÑO

Vamos a contarle al mundo



Vamos a cantarle al mundo lo perdido. Vamos a desmitificar el tiempo, a robarle a la noche su silencio,  a perder el miedo de la entrega, aunque sea fortuita, producto de unas cervezas, del vino, del calor de la música que retumba en las paredes y que cuando el alcohol invade las venas ya no ahoga las palabras, sino que le pone un matiz a lo confesado. Vamos a dejar a un lado todos los prejuicios, que tú me gustas y yo también te gusto y la vida se acaba justo ahora, en el momento en el que te veo y me sonríes y no sabes quién soy ni tu tampoco ni yo tampoco, entonces la mañana no tendrá prejuicios ni juicios ni pos juicios.
Vamos a prender un cigarrillo para quemar el tiempo, las ganas, las palabras corteses, que ya no exista pudor, ni tabú, ni fantasmas de un pasado que nos persiga que nos abrume que nos castigue, que no exista ese tiempo, ni aquel ni ninguno porque esta noche el tiempo ha entrado en huelga, no existe vejez ni juventud, existen nuestros cuerpos, nuestras ganas, lo demás es solo adorno.
Que la tenue luz de una vela nos ilumine el rostro, la sonrisa, la tristeza, y que en el imperceptible hilo de humo que desprende se pierdan los malos recuerdos, queden solo los buenos, los que te hacen reír, las historias, propias o no, que contamos, las que nos apropiamos porque tal vez después de hoy ya no sabremos nada de nosotros, tu de mí, yo de ti, tu de ti ni yo de mi.
Vamos a dejar que el mundo pase a nuestro lado, que nos miren reírnos y mirarnos y sentirnos, que el mundo siga lento y tranquilo su rumbo por el vasto universo, que nos dejen crear nuestro propio cosmos, nuestras propias galaxias adornadas con la constelación de tu mirada y el cúmulo de luz que se desprende de tu sonrisa, que no existan planetas ni satélites porque en nuestro cosmos las palabras encierran todo lo existente y vagan libres por el universo sin miedos, sin límites, sin dolores y sin pesos, para que sean solo palabras, armonías acústicas que retumban acá y allá, que regresan solo con ecos que hieren levemente el silencio entre nosotros, el breve espacio entre un sorbo y otro, entre una mirada y otra, entre un roce y otro.   
Vamos a mentirnos descaradamente para descubrir detrás de cada mentira nuestras más ocultas  sensibilidades, para desnudar nuestro ser mas interno, aporreado por la cotidianidad de una vida que es a la larga la más grande mentira.
Vamos a contarle al mundo lo perdido, que cuando la luz fulgurante del sol apague implacable la sombra de la noche, el vino se habrá agotado pero nuestras soledades, aunque similares a otras mil soledades existentes, al haberlas compartido,  serán únicas en el mundo.

DEL OLVIDO, ESE RECUERDO



La memoria:
No tiene ram
Pero se desconfigura
No tiene color
Pero se destiñe
No tiene tiempo
Pero se pierde
No se escribe
Pero se borra.

DE LA SOLEDAD, AL FIN… SOLO

Tu voz tus ojos vesperales
Tu piel tu recuerdo tus besos
Tus caricias enredadas en mis dedos
Tu amor tu olvido tu cuerpo
Tus poemas sin nota
Tu alma solitaria tu llanto
Hasta tu jadear y tu aroma
Toda tú permaneces aquí
Mientras lo demás que soy yo
Me fui contigo

DEL FIN, ESE QUIZAS

Y si el tiempo
Como fiel monumento del olvido
Se tropieza
Tal vez nos convirtamos en las sombras
De los cuerpos que no tienen sombras
O puede suceder que alguien llegue
Omnisciente, omnipotente, omnipresente
Y nos convierta día abajo
En rumores desnudos de sonrisa
Pero también puede suceder
/ Y esto aterra /
Que la muerte sea sólo falsa alarma.

CORCELES BLANCOS




Envuelta en un sopor contagioso y presa de una sumisión incontrolable a la muerte, recuerda ese momento que marcó su vida en una tarde veraniega del valle en la que lo conoció, vestido de lino, con sombrero de paja y con una altivez imborrable que no habría de perder hasta el día en que lo vio por última vez antes de perderse en el bosque de sus recuerdos y su pasado. Confundida con sus pensamientos en voz alta mira alrededor y reconoce unos cuantos rostros que la miran con las lágrimas al borde del alma, pero no espera nada en ellos, solo espera que el tiempo le perdone un instante mas de vida o un instante menos de muerte, de todos modos espera una tregua de la incierta muerte para poder encontrarse con su madre en el pasado de sus recuerdos, cabalgando juntas, mientras el sol se sumerge en el horizonte en el mar de pasto verde, verse así, recorriendo los inmensos terrenos de su abuelo. Con la nostalgia de verse postrada en una cama, sin poder burlarse de la muerte con una esmerada dosis de optimismo, o engañarla con un disfraz de otro tiempo o simplemente dialogar con ella y convencerla de que la vida merece un tercer tiempo; sin poder reconciliarse con ella misma al no perdonarse las desventuras de sus hijos; con el deseo de poseer el poder del tiempo y regresar al momento preciso en donde la lujuria, el deseo desenfrenado, la insensatez e imprudencia y las pequeñas grandes lecciones y lesiones de la vida sembraron el rencor vitalicio entre dos de sus hijas; con el deseo de reconciliar los rencores que ella logró reconciliar mucho antes de que una carta sobre la cama fuera la revelación de una partida sin destino, sin tiempo pero con toda la vergüenza y el desprecio de los que debieron haber levantado la cabeza para ayudarle a ver el horizonte. Con la pesadumbre de haber dedicado una vida entera a la búsqueda de la felicidad que sólo vio asomarse algunas veces por el espinoso pasillo del amor a sus hijos y a su esposo, que luego se convirtió en suplicio, luego en impotencia y finalmente se fue tornando lentamente en resignación y en una inquebrantable costumbre. No se detenía en sus recuerdos, pasaban por su memoria como un río sin cauce en una avalancha de sentimientos que se la iban quedando a la orilla de su vida, mezclados con los escombros del desconsuelo y de la incapacidad para dar más, de vez en cuando se despertaba en su presente cargado por inmensos deseos de no estar ahí, bajo la misericordia cansada de unos pocos, bajo las miradas lastimeras de sus hijos, de sus amigos, de las personas que decían que era terca al querer aferrarse a la vida, de la mirada de él, la más temida, la más aterradora y desgarradora que su propio dolor de muerte, esa mirada que nunca le había conocido ni siquiera en los momentos de más desesperación, dolor o arrepentimiento, ni siquiera en la mirada salvaje de animal indomable que llevaba el día en que la tomó de su cabello largo y vital cuando ella le reclamó por sus andanzas con otras mujeres, que la llevó a tomar la decisión radical de llevar el cabello corto por el resto de su vida. Era la mirada de él a la que más temía porque no la comprendía, después de más de cincuenta años de estar con él, no lo recocía detrás de esa mirada, detrás de ese miedo y al mismo tiempo detrás de ese odio, el miedo y el odio combinados hacia el inevitable destino de estar solo, sin ella, primera y definitivamente sin ella, el miedo que le dejaba ver una amenaza de llanto que se iba dibujando lentamente en su rostro. Lo vio así, tan indefenso, tan sublime, tan niño, tan cansado y no pudo comprender porque en tanto tiempo de dolores y vida con él no llegó a conocerlo, no llegó a ver el verdadero hombre que residía en él, que se escondía detrás de un armazón de dureza y machismo, no llegó a ver el hombre tan débil y cobarde, tan cansado de sí mismo. No lo reconoció en el umbral de sus recuerdos, por eso pensó que no era él, con el que atravesó los verdes valles de sus sueños, de su infancia, a donde hubiera querido ir a depositar los restos de su vida. No pensó que fuese él quien le marchitó la belleza de su cuerpo y de su alma con cada mujer que le conocía. No pensó que fuese él a quien vio sumirse paso a paso en el océano insondable de la vejez y a quien la vida le pusiera de castigo por todos sus derroches ver como lentamente ella se le iba desvaneciendo y se le iba perdiendo en las postrimerías de la vida. No pensó que fuera él, por eso no le presto más atención hasta el último día en que se despidiera de él dejándole de herencia una soledad tan innegable como la muerte misma, una soledad de la que ni siquiera los recuerdos podrían salvarle. Y por primera vez después de haberse visto empujada hasta ese oscuro abismo de su enfermedad sintió miedo a todo lo que había vivido,  a todos sus sueños nunca logrados, a todos sus propósitos nunca alcanzados y a todos sus libros nunca leídos; sintió miedo de no haber sido una buena madre y de haber permitido que sus hijos se perdieran en los vicios; sintió miedo de no haber sido una buena esposa y de haberle impulsado a esas mujeres que recibieron mucho más de lo que ella anhelo cuando dejó los verdes prados del valle y le siguió a las lejanas montañas; sintió miedo de las palabras no dichas a sus seres queridos, de los abrazos no dados a sus hermanos, miedo a no haber tenido suficiente tiempo como para sentirse tranquilla ante la latente amenaza de un fin, para no tener que implorar por un instante de tiempo más para encontrarse con su hijo perdido en la selva, tiempo para asegurarse de que su hijo menor a sus cuarenta años, empezara a ser ya un hombre, sintió un miedo profundo y terrible y llegó a comprender así que ya estaba muriendo a grandes pasos, comprendió al fin cual era el verdadero dolor de la muerte, ese que trascendía todo dolor y sensación física: comprendió que la verdadera muerte empieza cuando ya ha muerto el cuerpo. Así lo intuyó en las noches de insomnio esperándolo en el campo bañada en una penumbra insoportable como su ausencia misma, sabiendo igual que no vendría; así lo sospechó el día que tuvo que preparar un entierro vacío para su hijo; lo sintió así en el papel mojado de lagrimas que dejó su hija sobre la cama y así lo sentía ahora cuando la vida se le escabullía por entre los dedos de las manos como minúsculos granos de arena. Las voces de otra distancia empezaban a retumbar en su cabeza, ya empezaban a robarle su última realidad, ésta, en la que dejaba sumidos a todos los que le rodeaban y le miraban sumidos también en los recuerdos de sus pasados, ya que la muerte de otros es el renacimiento de los más escondidos recuerdos de los que quedan aún, en esos recuerdos andaba ella, no como ahora consumida por el tiempo, sino como en otrora, altiva y desafiante, con la intrepidez que le daba la fortaleza de la juventud, como cuando cabalgaba más rápido que el mismo viento allá en la hacienda del valle, como cuando llegaba consagrada a su casa con sus hijos, como cuando contemplaba el atardecer colorido que despidió casi cada día al lado del que fue en otro momento su mayor verdugo y que para ese momento no era nada más que su compañero de silencios. Ya no quedaba mucho de ese último pasado, ya lo había recorrido casi todo en sus largas horas de insomnio. Tampoco quedaba mucho de su presente, ese que alternaba entre un horror espantoso por verse tan consumida por la vida y entre una realidad paralela producto de sus delirios de niñez que le hacia pedir, al igual que mucho tiempo atrás vio hacerlo a su suegro, que sacaran las reses del patio que se iban a comer el jardín o que limpiaran la sala porque había acabado de pasar una estampida de ganado. A esas alturas el futuro ya no era algo que existiera en su vida, se había adelantado a su muerte, a la que seguiría su mente y su cuerpo. Así se fue despidiendo lenta y atentamente de cada uno de los que le veían consumarse en sus delirios hasta que unas líneas de resignación se fueron dibujando en su rostro, y allí todos empezaron a comprender que ya no era ella la que contemplaban, era sólo su ultimo suspiro, su ultimo intento de permanecer, su sombra. Él no pudo soportarlo así, por eso no volvió a mirarla y trató de no escucharla. Quiso borrarse su imagen cansada de resistencia, su imagen de ausencia, quiso reemplazarla por la imagen de inocencia y de pasión con que la conoció, por la imagen de esperanza y de sueños no soñados pero buscados. quiso deshacerse de su ultimo rostro, la ultima mirada que le ofrecía ella para recordarle toda una vida y gritarle que estaba irremediablemente solo, más solo de lo que temía siempre y se lo gritó con ese sonido sin palabras que él habría de llevar hasta los últimos días de su vida. Él no pudo desprenderse de esa imagen, no pudo remplazarla por una menos nefasta, en su lugar solo un par de lagrimas rodaron por sus mejillas y cayeron lentamente al piso en donde se desvanecieron así como se fueron desvaneciendo lentamente las suplicas de ella en una sala fría de un hospital para que no la dejaran morir sola. Todo se fue quedando lentamente sin ella, sin su potencia y su fuerza, sin su cansancio disimulado, sin su rostro, sin su silencio. Las paredes de la casa empezaron a desvestirse de su alegría, de sus risotadas explosivas, de su filosofía de la vida. Las letras de los libros que con tanta entrega consumió empezaron a borrasen de esas paginas desvencijadas y dejaron en su lugar solo suspiros y olvido. La muerte se llevó sus pasos y el tiempo sólo ha dejado un efímero recuerdo de su vida en las vidas de los que han quedado. La caza ha doblado la cabeza en señal de su ausencia, las pocas lagrimas que él derramó en señal de su ausencia se han cristalizado en su rostro y solo él es el recuerdo inanimado de su partida, él es la soledad que contempla el ocaso con nostalgia, el es el sueño nocturno que no concilia sin ella y que se esconde por los rincones de la casa vacía. Él no es un pedazo de vida prolongado, es un aviso de muerte anticipado, es una venganza del tiempo, es un monumento a las cuentas pendientes de la vida. Es la presencia viva de su ausencia, pero como el resto, se va destiñendo poco a poco con el tiempo, así como los corceles blancos que se esconden tras el vivo color de los jardines en la pared, altivos y fugaces, serenos e indomables, pero destiñéndose al fin, partiendo hacia la nada, con ella, desvaneciéndose con ella, cabalgando hacia esos otros horizontes con ella, esos grandes corceles blancos.

DE LA MUERTE, ESA PUERTA


Una esperanza cierta
Que siempre llega
Un sueño inverosímil
Que nadie sueña
Pero que todos alcanzan

DE LA CIUDAD, ESE SUEÑO

El ruido de los carros
/los perros que gritan sin sentido/
las campanas de la iglesia
a diestra y siniestra
/los niños que ladran sin sentido/
los gritos de la gente
las aves citadinas que no callan
las luces fulgurantes
que hieren a retazos
la oscuridad de la noche
/la gente que calla sin sentido/


Esta tarde el silencio es insoportable


A la luna, una alcahueta

No tengo ganas de escribir
Pero las palabras
Se dibujan solas en el papel
Y toman forma de tu cuerpo
Y tienen sabor a tu piel/

/la calle está desnuda
ya no se viste de tus pasos/

No quiero escribir pero tus manos
Danzan sobre el lienzo en blanco
El blanco opaco de la noche nublada
La oscuridad tiene un sabor a pureza

/la calle ya no resbala tu cuerpo
el asfalto está canzado de no verte/

No tengo ganas de escribir
Pero la luna llega sola

HUELLAS


Para que tu me oigas
Mis palabras se adelgazan a veces
Como las huellas de las gaviotas en la playa
Pablo Neruda

DEL OLVIDO, ESE RECUERDO

La memoria:

No tiene ram

Pero se desconfigura

No tiene color

Pero se destiñe

No tiene tiempo

Pero se pierde

No se escribe

Pero se borra.